El llanto de Tordesillas

El río Duero pasea tranquilo a cuestas de sus propios recuerdos, que son muchos, bajo el puente que adorna la bella, Muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa de Tordesillas. Anclada en el linde de los avatares del tiempo, descansa y recuerda un pasado tan amplio como sus títulos. Así es Tordesillas, una de las joyas del arte y la cultura de la vieja Castilla y por ende, la cansada España.

Junto a sus monumentos, gigantes en la distancia, y en las calles, se percibe historia y se ven raíces. En sus ventanas, como ojos profundos, en sus torres, como dedos que escriben, en el blanco y pardo de sus casas, como tez joven que acumula siglos.

Tordesillas, la última mirada de la “Loca”, Juana I de Castilla, se recuesta sobre el Duero y dormita, tan cargada de un pasado lejano que apenas puede descansar. Pues, para su desdicha, es víctima de la mala herencia, que pasa de padres a hijos, sin cultura.

En la web del Patronato del Toro de al Vega destaca una sentencia: “sin raíz… nada”. Y así es. Somos herederos de un pasado y por tanto responsables de su guarda. Mas ello no nos impone persistir, al margen de la realidad. Como seres humanos, debemos, ante todo, mejorar y mejorarnos.

Tordesillas llora junto al Duero. Está triste porque sus hijas e hijos han manchado su nombre. Dentro y fuera de su España sólo es conocida por la tortura, muerte y depravación. Pero aún peor, entre sus propias calles, bajo sus ventanas, a la sombra de sus torres, todos esos que claman por el toro de la Vega, que insultan a la civilización, al amparo de la tradición, alzando la bandera de las raíces, centran su esencia, el alma de Tordesillas, en la perversa fiesta del toro torturado.

Tordesillas sabe que sus hijos apenas conocen nada de ella. Que todos esos que dicen venir en septiembre de cada año para disfrutar de la muerte y violencia, apenas conocen los nombres de sus ilustres. Que seguro no saben el origen de sus títulos y la mayoría no sabría ni nombrarlos. Tampoco saben de su nacimiento, ni de los fantasmas añejos que aún pasean por sus calles, de tratados entre lusos y españoles… porque si lo supieran, ¿como iban a centrar su identidad en una sola tradición, tan ruin y salvaje como es el Toro de la Vega? ¿Acaso se creen esos alcaldes de turno, necios de libro y paletos por villanos que Tordesillas es sólo muerte y tortura?

Y año tras año hunden en la miseria tan noble dama que llora junto al Duero. Como el impío maltratador que mata a su amada porque dice quererla tanto, estos necios, bárbaros y salvajes apuñalan la villa con el dolor, frente a todos. Contra todos. Un mundo que ya no puede desligar el nombre de Tordesillas y aún más, el de España, de la sangre por tortura. La Muy ilustre ha sido reducida al valor de la caverna y sólo dentro de ella, como un cáncer en las tripas, se entienden hechos feroces e inhumanos.

Prácticas que repugnan al que por allí pasa, si es que pasa, salvo que posea el mismo nivel moral, en el tiempo, que estos actos deleznables de hace 500 años.

Hoy Tordesillas llora sangre.

 

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