Ser nada

aaaMediaban los ochenta en un pueblito de Jaén cuando la vi subir por la calle estrecha. Era una mujer enorme, con el pelo gris recogido en un moño y las manos tan grandes como los sacos que llevaba. Pasó a nuestro lado sin prestarnos atención, mirando al frente, como el soldado que marcha al destino cierto elegido por otros.

Mi tía no la saludó y me extrañó, pues lo hacía con todo el mundo, así que pregunté.

– Gente rara, me dijo.
-¿Cómo se llama?
– Pedro.

Eran dos hermanas bautizadas como Nieves y Dolores. Un médico recomendó a sus padres que al no ser ni hombre ni mujer, al no ser nada, mejor que se hicieran pasar por ellas. El varón es propenso al desnudo y acabará en la mili, donde no se puede ocultar eso…  El padre, no conforme, a ella siempre la llamó Pedro y así se la conocía.

En una ocasión los quintos del pueblo, que cuando no están torturando animales planifican algo del estilo, decidieron que ya era hora de ver que había entre aquellas piernas. Persiguieron a Pedro por el monte hasta que esta liebre agarró una rama de olivo y puso a buen recaudo a más de tres o cuatro.

Muchos años después volví al pueblito de Jaén y me interesé por esta persona que  nunca fue nada. Me contaron que tras la muerte de su hermana lo vendió todo y se marchó para siempre.

 

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