Fantasmas, Dean R. Koontz

De tres formas esenciales se expresa el terror.

La primera y más antigua es la fantástica, la del mito. No el sustrato último de la leyenda que puede tener un origen cierto sino la mística que genera la imaginación humana en respuesta a un hecho “inexplicable”. Posee el encanto de conectarnos a los miedos primigenios de la humanidad, los más antiguos y que más tiempo han convivido con nosotros. Es el terror precientífico, el de los demonios, vampiros, fantasmas y hombres lobo. La literatura romántica ha explotado estos miedos hasta la saciedad.

El terror sobrenatural se ampara en la probabilidad de no ser imposible y oculta tras los resquicios que no ha conseguido iluminar aún – y tal vez nunca lo haga – la ciencia. Es el terror que se mueve en las fronteras de la fantasía y lo explicado. Son las criaturas misteriosas, terrestres o extraterrestres, los poderes mentales, los experimentos malogrados de científicos locos, etc. Lovecraft es el maestro indiscutible del género y para muchos, su inventor.

En fin, el terror realista. El que se basa en el miedo que genera lo conocido por razones contrastadas. El psicópata asesino, la guerra o la propia naturaleza, la muerte, la enfermedad, las distorsiones cognitivas, son los paradigmas. Muchos autores han trabajado estos miedos donde Hitchcock brilla con luz propia.

En el último tercio del siglo XX tres novelas han congregado de forma convincente los matices que conforman cada una de estas formas de horror. “El Exorcista” de William Peter Blatty (1971) en el primero de los casos. “Tiburón” de Peter Benchley (1974) sería un buen ejemplo de terror realista. Ambas adaptadas al cine de forma exitosa y con secuelas e imitaciones por doquier son hoy día parte indiscutible del acervo cultural contemporáneo. Historias que aún no han sido superadas.

Con menor fortuna cinematográfica llegó “Fantasmas” de Dean Koontz en 1983. Puede que la mejor novela del segundo género, el sobrenatural, desde Lovecraft y muy por encima de cualquiera los epígonos del maestro de Providence.

He vuelto a Snowfield, el pueblito donde acontecen los dramáticos hechos, 25 años después de mi primera lectura. Con el temor natural de releer una novela que en su día me dejó patidifuso pero que la edad suele ubicar en un lugar más acertado. Así que una de dos, o no he madurado nada en este tiempo (probable) o la novela es muy buena (probable), pues por su culpa he vuelto a quitar largas horas al sueño.

Y no diré más, porque no se debe hacer en este tipo de novelas donde la sorpresa aguarda a cada giro de página, como debe ser.

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