El sentido de la existencia humana, Edward O. Wilson

Conociendo al autor, miedo me daba, así que tardé en echarle un ojo. Ha merecido la pena. Wilson ha madurado para este, tal vez, su último trabajo. Atrás queda su “Sociobiología” (1975) – corriente de la que fue creador y principal exponente – más cruda. Junto a su opositor Dawkins, con su Gen Egoísta, justificaron la oleada neoliberal de los 80, aquella que culpaba de sus fracasos a los genes de las víctimas. Aquella que afirmaba el determinismo biológico y eludía toda responsabilidad social.


Si bien es cierto que ya entonces Wilson daba alguna oportunidad al entorno, lo que le apartaba del pasado darwinismo social de Dawkins (primaba al individuo, el parentesco, la herencia y niega toda influencia social), es ahora cuando reconoce que, aun no siendo más que materia, hay algo, también físico, que nos libera, que nos “regala” libre albedrío, aunque sólo sea la imposibilidad actual y tal vez eterna, de no poder predecir combinaciones genéticas inabarcables para la ciencia.

El eje fundamental de la visión sociobiológica radica en el tribalismo. Wilson es entomólogo, centrado en los animales sociales y especializado en las hormigas y el estudio del comportamiento de estas alimenta la mayoría de sus conclusiones. Para él y otros autores ese instinto, el tribal, tan fuerte como el sexual, explica los principales comportamientos sociales y del individuo en el grupo. Razón no le parece faltar a tenor de la persistencia de atavismos tribales como la religión, el nacionalismo, la xenofobia, heteropatriarcado, especismo, racismo, el desprecio por el ecosistema, etc. y otros más “ligeros” como el deporte. La pertenencia a la tribu fue una ventaja evolutiva durante eones. Un individuo podía eludir su responsabilidad social pero sólo el grupo cohesionado y dispuesto a persistir sobrevivía y todos los rasgos genéticos en ese sentido se perpetuaban.

Ahora bien, aunque el tribalismo es un instinto hay una diferencia esencial, radical, fundamental entre pertenecer e identificarse con los valores de una tribu como el Ku Kux Klan y pertenecer e identificarse con una tribu en defensa de los derechos civiles. El contexto social aquí es determinante. La biología explicaría “qué” somos, las humanidades “quienes” somos. Y el futuro, para conocer el sentido de la existencia humana, pasa por una combinación de ambas.

Por supuesto Wilson aprovecha para atacar de nuevo el “fitnes inclusivo”, grosso modo, el citado darwinismo social iniciado con Dawkins en beneficio de su postulado de evolución por niveles: el individual y social, el individuo en la tribu, propio de “su” sociobiología. Y por otro lanzar piedras a la religión, la peor de las tribus según el autor.

Bien por Wilson y su postura conciliadora y más realista a tenor de las actuales corrientes científicas que, a pesar de mantener un cierto tufillo reduccionista, sin duda es un acicate para el coco.

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