El nunca lo haría

15 de julio. La chica con traje y chanclas de playa apura el café y sale al exterior del bar. El calor es abrasador. Se ajusta las gafas de sol, observa la gasolinera y camina hacia el parking. Junto al suyo hay un coche rojo en marcha. Ve a un tipo que saca un perro del coche, se aleja un poco y ata la correa del animal a una papelera. Vuelve corriendo hacia el vehículo. El animal salta, forcejea con la correa y lloriquea. ¿Pero qué coño? La chica se acerca al animal, que no le presta atención. El perro sólo tiene ojos para el coche rojo que enfila hacia la autovía con sentido a Valencia. Ladra, salta, patalea, llora… ¡grita!

En menos de quince minutos ha alcanzado al coche rojo. Confirma la matrícula grabada en sus retinas y lo persigue. A su lado viaja el perro, nervioso. La chica aún no es muy consciente de lo que está pasando. ¿Cómo es posible? Piensa. Acaba de recoger un perro abandonado, recién abandonado y ahora acecha a sus dueños. No sabe por qué, pero lo está haciendo. ¿Un impulso visceral ante la injusticia? Observa el coche rojo, hay dos niños jugando en el asiento de atrás. Llama con el móvil a su pareja – Cariño, etc. Hoy llegaré tarde, luego te cuento, etc. ¡Ah! Por favor, compra comedero, bebedero y una cama mediana para perros-.

La familia feliz, sin ataduras, saca el equipaje del coche rojo aparcado frente a un chalet en segunda línea de playa ¡Qué buenas vacaciones esperan! ¿Verdad? La chica del traje y chanclas de playa los observa en la distancia, desde su coche. En su mente imagina lo que va a ocurrir en unas horas y por un momento flaquea en su propósito. Acaricia al perro que dormita a su lado. Se despejan las dudas y marcha del lugar. Compra una garrafa de 5 litros vacía y un spray blanco en un”chino”. Conduce hacia el norte y en la gasolinera más cutre que  encuentra llena la garrafa con gasolina.

Son las cuatro de la mañana. Escucha las olas del mar rompiendo en la distancia. El perro duerme en el coche. Ella sale del vehículo y se dirige al coche rojo. Se agacha junto a este y escribe algo en la calzada. Luego rocía el coche con la gasolina y le prende fuego. Se marcha y observa la escena en la distancia. Le llega el aroma fresco de la playa y sonríe. Las llamas se reflejan en sus ojos profundos, extasiados. Oye una persiana que sube, una ventana que se abre y lo que parece un grito en la distancia. Es hora de volver a casa.  Entra en el coche y se dirige a la autovía. Pone una mano sobre la cabeza del perro y piensa en la frase que acaba de escribir, nota como lame sus dedos… es cierto: “él nunca lo haría”.

FIN

 

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