La tiranía de los imbéciles

Cuando hace dos años prohibieron la pirotécnica el ayuntamiento alegó “contaminación acústica”. Pero sé que hubo algo más: ella. Si quieres ganar debes conocer las reglas del juego y ella las conocía todas.

Una vez más vistió de negro y utilizó las mismas armas de los artífices de la barbarie. Bastaba con adquirir un arsenal de petardos de la máxima potencia de forma legal, por dos duros y usarlos contra ellos, contra la causa. Ella siempre tuvo claro que si el sistema permite la injusticia es un deber de primer orden actuar.

La Noche Vieja de aquel año fue memorable. La pólvora quemada cubrió la ciudad como nunca lo había hecho. Durante dos semanas los técnicos del Ayuntamiento evaluaron los daños causados por la pirotécnica en una sola noche. Habían estallado el 83% de las papeleras del municipio. El 53% de los cristales de tres colegios públicos y dos almacenes de petardos ardieron hasta los cimientos. En su estilo, ningún humano fue objetivo.

Lo que se consideraba una actividad festiva que silenciaba a las víctimas: animales, personas mayores o con problemas sensoriales, etc. había convertido en objetivo al responsable: la sociedad condescendiente. En apenas tres meses la burocracia se puso en marcha para erradicar la pirotecnia de forma definitiva. En una sola noche ella había vuelto a hacer de su pequeño mundo un lugar mejor para todos.

FIN.

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