Un cuento popular de hace tiempo

Esteban la volvió a encontrar llorando.

– No llores más mujer. No hay remedio.

Ella lo mira con ojos cansados y sube las escaleras de la vieja casa. En la vieja aldea. Donde nunca pasa nada, excepto la muerte. Que siempre visita, pero allí demasiado pronto, demasiado a menudo.

Mercedes se sienta en la antigua cama con colchón de lana. Sus pies no tocan el suelo.

Vuelve a pensar en el niño. Se recuesta e intenta dormir, pero los quehaceres de quién apenas tiene nada importunan, un día tras otro. Sólo las lágrimas rompen el tesón de la monotonía.

Otro día más. Otra noche. Y así…

Esteban vuelve a la casa. Pero ya no hay lágrimas en sus mejillas.
– Nunca volveré a llorar Esteban. Susurra Mercedes.
– Bien mujer. Sonríe Esteban.
– Pasó algo.
– ¿El qué?
– Esta mañana salí al patio y había un niño. Estaba desnudo y sucio. Tenía tres años. Sólo me miraba, con el pelo mojado, muy delgado. ¿Qué haces niño aquí?
– ¿Por qué lloras? Preguntó el niño.
– Porque hace tiempo me arrancaron lo que más quería, mi hijo, nada más nacer. Le dije.
– Pero eso pasó hace mucho tiempo.
– El dolor es el mismo. No hay día que evite la pena.
– El pesar no te deja vivir. Y tu llanto me ata. Madre, no llores más por mí, estoy bien, pero tu dolor me impide llegar a donde tengo que ir.

El niño se dio la vuelta y alejó.

No volveré a llorar más, Esteban.

FIN

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