Breve historia de la inmigración española.

Los primeros españoles, los únicos españoles de verdad y originales, llegaron a España hace un millón y pico de años. Y en teoría, de estos, no quedaba ni uno. Medio millón de años después aparecieron unos inmigrantes del centro de Europa, los Heidelbergensis, para vivir de las ayudas públicas. Y aquí estuvieron otro medio millón de años, hasta que los neandertales, que eran más listos y fuertes, echaron a los otros y se quedaron con los pisos públicos. Pero estos neandertales ya no eran españoles de verdad, eran inmigrantes con nacionalidad española, que no es lo mismo.

Durante el Solutrense, hace unos 20.000 años, más menos, llegaron los africanos negros, se discute si en patera, pero vamos, que llegaron y acabaron con los neandertales. Estos negros africanos, por supuesto, no eran españoles. Los españoles de verdad sólo fueron los primeros de todos. Nosotras, las españolas de hoy día, somos descendientes de estas inmigrantes sapiens y negras.

Durante unos 8.000 años vinieron, subieron, bajaron, fueron y cayeron en nuestra España inmigrantes de Europa y Africa, de forma intermitente, que se mezclaron con los españoles de bien para acceder a una vivienda digna, sanidad y educación. Como eran pocos no se robaban el trabajo entre ellos – esto me recuerda, una vez más, que el único problema real en el Planeta es el exceso de población humana, todo lo demás son simples consecuencias de este hecho-.

Tiempo después llegaron fenicios, griegos, cartagineses y romanos. Todos inmigrantes, pero como eran mucho más listos que los españoles autóctonos, estos se callaban como lo que eran, simples palurdos. Esto ocurre hoy día también, salvo que ahora los palurdos, también llamados cuñaos, protestan en las redes sociales pensando que su opinión le importa a alguien, cuando lo cierto es que sólo escandaliza que tengan derecho a voto. Esos españoles antiguos se llamaron hispano romanos, pero no duraron mucho, pues vándalos, alanos, suevos y godos vinieron para vivir del cuento y robarnos a las mujeres, pues eran mucho más guapos – altos, rubios, de pelo largo, etc.- y a costa del sudor de los sufridos hispano romanos.

Y bueno… ahora llega to lo gordo. Porque en 711 y en pateras – que por cierto, eran de un español-, llegaron un follón de moros a la gloriosa España, arrasaron con sus habitantes – en realidad la mayoría se vendieron, pues aquellos moros tenían pasta y el español de bien no tiene problemas con los inmigrantes ricos y/o futbolistas, sólo con los pobres-. Poco después, a tierras musulmanas, llegaron inmigrantes asturianos por las bravas. Lo llamaron reconquista por aquello de la legitimidad y porque si llegas por las buenas pidiendo ayuda eres un “inmigrante de mierda” pero si lo haces a sangre y fuego eres un glorioso conquistador.

Y así anduvieron en España moros, cristianos y judíos hasta que los Reyes Católicos, de la dinastía ladrona y usurpadora Trastámara, aplastaron a los primeros y echaron a los terceros. Los Reyes Católicos, que eran muy listos, pusieron de moda hace 500 años ¡los viajes Erasmus! Y se trajeron a uno de los inmigrantes más insignes de nuestra amada historia: Carlos I de España y V de Alemania, el cual vivió del dinero público a sus anchas, despilfarrándolo a su antojo y mandando a la muerte a los españoles para mayor gloria de su dinastía – los Austrias, rama íbera de los Habsburgo–. El tal Carlos se reprodujo perpetuando la dinastía de inmigrantes hasta ese patético resultado de la endogamia que fue Carlos II. Le siguieron otros inmigrantes, los Borbones, venidos de Francia, que aún siguen y como buenos inmigrantes, viviendo a costa del erario público. Pero al español de bien, como decimos, esto no le preocupa, pues son ricos.

Pensaban los arqueólogos, historiadores y paleoantropólogos que los auténticos españoles, aquellos que anidaron en España hace más de un millón de años, habían desaparecido. Pero resulta que no es así. Gracias al Aquarius han salido de sus cavernas y con su nivel ético y moral de hace 1.000.000 de años campan a sus anchas para desgracia de las personas del S. XXI.

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