Breve historia del amor romántico – y a los animales-

Hubo un tiempo en que los niños no eran amados.

Antes del S. XVIII la mortalidad infantil era tan alta como los nacimientos. La muerte infantil alcanzaba a todos los estamentos de la sociedad y para asegurar descendencia el recurso era la procreación. Las mujeres de aquella época podían estar pariendo todos los años de su vida fértil o morir en el intento. No tenía mucho sentido encariñarse…

Transcribo un ilustrativo párrafo  del trabajo de Ariès (1) al respecto:

“La gente no podía apegarse demasiado a lo que se consideraba como un eventual desecho. Ello explica las frases que chocan con nuestra sensibilidad contemporánea, como las de Montaigne: “He perdido dos o tres hijos que se criaban fuera, no sin dolor, pero sin enfado”, o la de Moliere, a propósito de la Louison de Le Malade imaginaire: “La pequeña no cuenta.” La opinión general no debía, como Montaigne, “reconocerles ni movimiento en el alma, ni forma reconocible al cuerpo”.

Con la llegada de la agricultura en el Neolítico la tierra se había convertido en un recurso que requería fuerza de trabajo para la producción de alimentos. Los hombres aportaban esa fuerza de trabajo y transmitían la propiedad. Las mujeres fabricaban mano de obra: los hijos. Los animales también encontraron un uso adicional como fuerza de trabajo – ya servían como alimento-. Por último, los esclavos también aportaban su fuerza de trabajo al sistema económico.

Este fue el modelo económico (que algunos llaman “oeconomía”) hasta el S. XIX.  Una economía doméstica en torno al “Pater Familias” que dirige la administración de todos estos recursos y procura el aumento de la unidad familiar mediante elementos como el matrimonio, la herencia, dote, mayorazgo, primogenitura, etc.

El amor romántico (2), como hoy lo entendemos, llega con la decosificación del recurso, del reconocimiento de intereses en “el/la/lo otro”. De la empatía. Mujeres, hijos, esclavos y animales, con sus diferentes procesos, mecanismos, momentos y lugares, van adquiriendo la consideración subjetiva que promueve su liberación. La sensibilidad hacia el otro, el reconocimiento de sus intereses es, ante todo, un medio para la libertad. Ninguna sociedad puede considerarse libre y justa mientras existan sujetos considerados simples recursos.

(1) Philippe Ariés, “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen”, Taurus, 1992.

(2) Entiéndase como atracción emocional, no confundir con romanticismo y sus mitos.

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