El alma de los animales

A finales de los años 50 del siglo pasado vivía un matrimonio sin hijos en un pequeño pueblo de Jaén cuyo nombre no viene al caso. Mercedes no perdía la esperanza de la maternidad y rezaba todas las noches tres padres nuestros y seis avemarías por prescripción eclesiástica. Santiago, por el contrario, aceptó su destino.

Los años pasaban y aquello no germinaba. Ella incrementaba la dosis de rezos y él encontró una nueva compañera a la que llamó Estrella, una podenca con un ojo de cada color, zalamera y cariñosa. No se supo de donde vino, pero cachorra apareció en la puerta de Santiago y Mercedes, helada y en los huesos. La pareja se apiadó de ella.

Cada mañana la perra despertaba a Santiago arañando la puerta del dormitorio, luego juntos andaban al trabajo de Santiago, peón en una pequeña fábrica de cerámica. Estrella esperaba paciente hasta el final de la jornada y a la tarde volvían al humilde hogar. En ocasiones el instinto implacable de Estrella recibía a Santiago con alguna liebre del campo. Algunos compañeros del trabajo le envidiaban por “tan buena perra de caza”.

Una tarde, al terminar la jornada, Estrella no estaba. La primera vez en muchos años. Santiago la llamó inquieto e inició su búsqueda. Ya terciaba la noche cuando unos gemidos atrajeron su atención y en un recodo del camino a casa encontró un bulto tembloroso. Era Estrella y estaba gravemente herida. Alguien le había pegado un tiro que alcanzó sus patas traseras. Santiago la acurrucó en su regazo y abrigó con su chaqueta, la perra lamió sus manos por última vez y con un suspiró partió. El hombre lloró como no lo hacía desde que era niño.

Mercedes y Santiago la enterraron detrás de la casa y aquella noche durmieron en un abrazo testigo de la soledad compartida.

Trascurrieron varios meses hasta que cierta madrugada unos familiares ruidos alertaron a Santiago. Algo estaba arañando la puerta, como hacia Estrella cada mañana para ir al trabajo. Sin comprender, Santiago se levantó de un respingo que despertó a Mercedes. ¿Qué ocurría allí? Mercedes también escuchó los sonidos y cuando él abrió la puerta, allí no había nadie. ¿Pero qué demonios?

A la madrugada siguiente no ocurrió nada. Y así pasaron varios días hasta que de nuevo, otra madrugada, la misma situación. Extraño acontecimiento que empezó a repetirse con regularidad. Una mañana, incluso, al salir a la calle Santiago encontró un conejo muerto, tal cual los dejaba Estrella en el pasado. Mercedes decidió tomar medidas drásticas y consultó al experto en tales asuntos: el cura del pueblo. Y él la tranquilizó, los animales no tienen alma, es imposible que el espíritu de Estrella camine entre los vivos. Podrían ser ratas, gatos o vete tú a saber lo que ocurre en una casa vieja.

Y a fuerza de repetirse el acontecimiento Mercedes y Santiago se acostumbraron a la peculiar situación. Cada mañana, fuera lo que fuera, el hombre despertaba con unos arañazos al otro lado de la puerta. Y de vez en cuando encontraban alguna presa frente a la casa.

Pasaron los años hasta que una mañana Santiago no despertó y Mercedes supo que ya viajaría sola hasta el final de sus días. O tal vez no, porque aunque los ruidos en la puerta cesaron desde que Santiago murió, Mercedes no podía quitarse de la cabeza lo que le contó uno de sus compañeros de trabajo en el velatorio de su marido. Que aquella misma mañana, yendo a la fábrica de cerámica, vio a Santiago corriendo por un olivar, riendo a carcajadas, junto a un perro que saltaba a su lado.

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